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sábado, diciembre 01, 2007

LA REVOLCUIÓN ES IMPOSIBLE PORQUE NO HAY HÉROES SUFICIENTES.

Meditaciones del Quijote.

El héroe
La historia nos obliga ahora a volver sobre el asunto. Algo nos quedaba en el aire, vacilando entre la estancia de la venta y el retablo de maese Pedro. Este algo es nada menos que la voluntad de Don Quijote.
Podrán a este vecino nuestro quitarle la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible. Serán las aventuras vahos de un cerebro en fermentación, pero la voluntad de la aventura es real y verdadera. Ahora bien, la aventura es una dislocación del orden material, una irrealidad. En la voluntad de aventuras, en el esfuerzo y en el ánimo nos sale al camino una extraña naturaleza biforme. Sus dos elementos pertenecen a mundos contrarios: la querencia es real, pero lo querido es irreal.
Objeto semejante es ignoto en la épica. Los hombres de Homero pertenecen al mismo orbe que sus deseos, aquí tenemos, en cambio, un hombre que quiere reformar la realidad. Pero ¿no es él una porción de esa realidad? ¿No vive de ella, no es una consecuencia de ella? ¿Cómo hay modo de que lo que no es –el proyecto de una aventura- gobierne y componga la dura realidad? Tal vez no lo haya, pero es un hecho que existen hombres decididos a no contentarse con la realidad. Aspiran los tales a que las cosas lleven un curso distinto: se niegan a repetir los gestos que la costumbre, la tradición, en una palabra, los instintos biológicos les fuerzan a hacer. Estos hombres llamamos héroes. Porque ser héroe consiste en ser uno, uno mismo. Si nos resistimos a que la herencia, a que lo circundante nos impongan unas acciones determinadas es que buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros, el origen de nuestros actos. Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos presentes quienes quieren, sino él mismo. Y este querer él ser él mismo es la heroicidad.
No creo que exista especie de originalidad más profunda que esta originalidad ‘práctica’, activa del héroe. Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto. Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto. Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia.
Ahora bien, ante el hecho de la heroicidad –de la voluntad de aventura-, cabe tomar dos posiciones, o nos lanzamos con él hacia el dolor, por parecernos que la vida heroica tiene ‘sentido’, o damos a la realidad el leve empujón que a esta basta para aniquilar todo heroísmo, como se aniquila un sueño sacudiendo al que lo duerme. Antes he llamado a estas dos direcciones de nuestro interés, la recta o la oblicua.


La tragedia

Héroes es, decía, quien quiere ser él mismo. La raíz de lo heroico hállase, pues, en un acto real de voluntad. Nada parecido en la épica. Por esto Don Quijote no es una figura épica, pero sí es un héroe. Aquiles hace la epopeya, el héroe la quiere. De modo que el sujeto trágico no es trágico, y por tanto, poético, en cuanto hombre de carne y hueso, sino sólo en cuanto que quiere. La voluntad –ese objeto paradoxal que empieza en la realidad y acaba en lo ideal, pues sólo se quiere lo que no es-, es el tema trágico, y una época para quien la voluntad no existe, una época determinista y darwiniana, por ejemplo, no puede interesarse en la tragedia.
Dejemos el drama griego y todas las teorías que, basando la tragedia en no sé qué fatalidad, creen que es la derrota, a la muerte del héroe quien le presta la calidad trágica.
No es necesaria la intervención de la fatalidad, y aunque suele ser vencido, no arranca el triunfo, si llega, al héroe su heroísmo. Oigamos el efecto que el drama produce al espectador villano. Si es sincero no dejará de confesarnos que en el fondo le parece un poco inverosímil. Veinte veces ha estado por levantarse de su asiento para aconsejar al protagonista que renuncie a su empeño, que abandone su posición. Porque el villano piensa muy juiciosamente que todas las cosas malas sobrevienen al héroe porque se obstina en tal o cual propósito. Desentendiéndose de él todo llegaría a buen arreglo, y como dicen al final de los cuentos los chinos, aludiendo a su nomadismo antiguo, podría asentarse y tener muchos hijos. No hay, pues, fatalidad, o más bien, lo que fatalmente acaece, acaece fatalmente porque el héroe ha dado lugar a ello. Las desdichas del Príncipe Constante eran fatales desde el punto en que decidió ser constante, pero no es él fatalmente constante.
Yo creo que las teorías clásicas padecen aquí un simple quid pro quo, y que conviene corregirlas aprovechando la impresión que el heroísmo produce en el alma del villano, incapaz de heroicidad. El villano desconoce aquel estrato de la vida en esta ejercita solamente actividades suntuarias, superfluas. Ignora el rebasar y el sobrar de la vitalidad. Vive atenido a lo necesario y lo que lo hace lo hace por fuerza. Obra siempre empujado; sus acciones son reacciones. No le cabe en la cabeza que alguien se meta en andanzas por lo que no le va ni le viene. Le parece un poco orate todo el que tenga la voluntad de la aventura, y se encuentra en la tragedia con un hombre forzado a sufrir las consecuencias de un empeño que nadie le fuerza a querer.
Lejos, pues de originarse en la fatalidad lo trágico, es esencial al héroe querer su trágico destino. Por eso, mirada la tragedia desde la vida vegetativa, tiene siempre un carácter ficticio. Todo el dolor nace de que el héroe se resiste a resignar un papel ‘ideal’, un ‘role’ imaginario que ha elegido. El actor en el drama, podrá decirse paradójicamente, representa un papel que es, a su vez, la representación de un papel, bien que en serio esta última. De todos modos la volición libérrima inicia y engendra el proceso trágico. Y este ‘querer’, creador de un nuevo ámbito de realidades que sólo por él son –el orden trágico-, es, naturalmente, una ficción para quien no haya más querer que el de la necesidad natural, la cual se contenta con sólo lo que es.


La comedia

La tragedia no se produce a ras de nuestro suelo; tenemos que elevarnos a ella. Somos asumptos a ella. Es irreal. Si queremos buscar en lo existente algo parecido hemos de levantar los ojos y posarlos en las cimas más altas de la historia.
Supone la tragedia en nuestro ánimo una predisposición hacia los grandes actos –de otra suerte nos parecerá una fanfarronada-. No se impone a nosotros con la evidencia y forzosidad del realismo, que hace comenzar la obra bajo nuestros mismos pies, y sin sentirlo, pasivamente, nos introduce en ella. En cierta manera el fruir de la tragedia pide de nosotros que la queramos también un poco, como el héroe quiere su destino. Viene, en consecuencia, a hacer presa en los síntomas de heroísmo atrofiado que existan en nosotros. Porque todos llevamos dentro como el muñón de un héroe.
Más una vez embarcados según el heroico rumbo, veremos que nos repercuten en lo hondo los fuertes movimientos y el ímpetu de ascensión que hinchen la tragedia. Sorprendidos hallaremos que somos capaces de vivir a una tensión formidable y que todo en torno nuestro aumenta sus proporciones, recibiendo una superior dignidad. La tragedia en el teatro nos abre los ojos para descubrir y estimar lo heroico en la realidad. Así Napoleón, que sabía algo de psicología, no quiso que durante su estancia en Frankfurt, ante aquel público de reyes vencidos, representaran comedias su compañía ambulante, y obligó a Talma a que produjera las figuras de Racine y de Corneille.
Mas en torno al héroe muñón que dentro conducimos, se agita una caterva de instintos plebeyos. En virtud de razones, sin duda suficientes, solemos abrigar una grande desconfianza hacia todo el que quiere hacer usos nuevos. No pedimos justificación al que no se afana en rebasar la línea vulgar, pero le exigimos perentoriamente al esforzado que intenta trascenderla. Pocas cosas odia tanto nuestro plebeyo interior como al ambicioso. Y el héroe, claro está que empieza por ser un ambicioso. La vulgaridad no nos irrita tanto como las pretensiones. De aquí que el héroe ande siempre a dos dedos de caer, no en la desgracia, que esto sería subir a ella, sino de caer en el ridículo. El aforismo: “de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”, formula este peligro que amenaza genuinamente al héroe. ¡Ay de él como no justifique con exuberancia de grandeza, con sobra de calidades, su pretensión de no ser como son los demás, ¡como son las cosas! El reformador, el que ensaya nuevo arte, nueva ciencia, nueva política, atraviesa, mientras vive, un medio hostil, corrosivo, que supone en él un fatuo, cuando no un mixtificador. Tiene en contra suya aquello por negar lo cual es él un héroe: la tradición, lo recibido, lo habitual, los usos de los padres, las costumbres nacionales, lo castizo, la inercia omnímoda, en fin. Todo esto, acumulado en centenario aluvión, forma una costra de siete estados a lo profundo. Y el héroe pretende que una idea, un corpúsculo menos que aéreo, súbitamente aparecido en su fantasía, haga explotar tan oneroso volumen. El instinto de inercia y de conservación no lo puede tolerar y se venga. Envía contra él al realismo y lo envuelve en una comedia.
Como el carácter de lo heroico estriba en la voluntad de ser lo que aún no se es, tiene el personaje trágico medio cuerpo fuera de la realidad. Con tirarle de los pies y volverle a ella por completo, queda convertido en un carácter cómico. Difícilmente, a fuerza de fuerzas, se incorpora sobre la inercia real la noble ficción heroica: toda ella vive de aspiración. Su testimonio es el futuro. La vis comica se limita a acentuar la vertiente del héroe que da hacia la pura materialidad. Al través de la ficción, avanza la realidad, se impone a nuestra vista y reabsorbe el ‘rôle’ trágico[1]. El héroe hacía de éste su ser mismo, se fundía con él. La reabsorción por la realidad consiste en solidificar, materializar la intención aspirante sobre el cuerpo del héroe. De esta guisa vemos el ‘rôle’ como un disfraz ridículo, como una máscara bajo la cual se mueve una criatura vulgar.
El héroe anticipa el porvenir y a él apela. Sus ademanes tienen una significación utópica. Él no dice que sea, sino que quiere ser. Así la mujer feminista aspira a que un día las mujeres no necesiten ser mujeres feministas. Pero el cómico suplanta el ideal de las feministas por la mujer que hoy sustenta sobre su voluntad ese ideal. Congelado y retrotraído al presente lo que está hecho para vivir en una atmósfera futura, no acierta a realizar las más triviales funciones de la existencia. Y la gente ríe. Presencia la caída del pájaro ideal al volar sobre el aliento de un agua muerta. La gente ríe: por cada héroe que hiere, tritura a cien mixtificadores.
Vive, en consecuencia, la comedia sobre la tragedia, como la novela sobre la épica. Así nació históricamente en Grecia a modo de reacción contra los trágicos y los filósofos que querían introducir dioses nuevos y fabricar nuevas costumbres. En nombre de la tradición popular, de ‘nuestros padres’ y de los hábitos sacrosantos, Aristófanes produce en la escena las figuras actuales de Sócrates y Eurípides. Y lo que aquel puso en su filosofía y éste en sus versos, lo pone él en las personas de Sócrates y Eurípides.
La comedia es el género literario de los partidos conservadores.
De querer ser, a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico. Este es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La transferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción causa la involución de la tragedia, su desmoronamiento –su comedia. El espejismo aparece como tal espejismo.
Esto acontece con Don Quijote cuando, no contento con afirmar su voluntad de la aventura, se obstina en creerse aventurero. La novela inmortal está a pique de convertirse simplemente en comedia. Siempre va el canto de un duro, según hemos indicado, de la novela a la pura comedia.


La tragicomedia

El género novelesco es, sin duda, cómico. No digamos humorístico, porque bajo el manto del humorismo se esconden muchas vanidades. Por lo pronto se trata simplemente de aprovechar la significación poética que hay en la caída violenta del cuerpo trágico, vencido por la fuerza de inercia, por la realidad. Cuando se ha insistido sobre el realismo de la novela debiera haberse notado que en dicho realismo algo más que realidad se encerraba, algo que permitía a esta alcanzar un vigor de poetización que le es tan ajeno. Entonces se hubiera patentizado que no está en la realidad yacente lo poético del realismo, sino en la fuerza atractiva que ejerce sobre los aerolitos ideales.
La línea superior de la novela es una tragedia, de allí se descuelga la musa siguiendo a lo trágico en su caída. La línea trágica es inevitable, tiene que formar parte de la novela, siquiera sea como el perfil sutilísimo que la limita. Por esto yo creo que conviene atenerse al nombre buscado por Fernando de Rojas para su Celestina: tragicomedia. La novela es tragicomedia. Acaso en la Celestina hace crisis la evolución de este género, conquistando una madurez que permite en el Quijote la plena expansión.
[1] Cita Bergson un ejemplo curioso. La reina de Prusia entra en el cuarto donde está Napoleón. Llega furibunda, ululante y conminatoria. Napoleón se limita a rogarle que tome asiento. Sentada la reina, enmudece; el ‘rôle’ trágico no puede afirmarse en la postura burguesa propia de una visita y se abate sobre quien lo llevaba.

lunes, noviembre 05, 2007

La Moda nos salvará.

La Ciencia avala a los “Pendejos”.
Sr. Director:

No sé lo que hay escrito en vuestra publicación, pero si sois coherentes con vuestro lema, esta carta deberá ser reproducida a cabalidad, a pesar de que, muchas veces, a vuestra publicación seria aplicable el refrán popular: “¡No me ayude tanto, compadre!”.
Para argumentar mi punto, cito:
“Es característico que los mamíferos acaricien a sus hijos, con el hocico o con las manos, que los abracen, los sobren, los mimen, los cuiden y los amen, un comportamiento que es esencialmente desconocido entre los reptiles. Si es realmente cierto que el complejo R y el sistema límbico viven en una tregua incómoda dentro de nuestros cráneos y que continúan compartiendo sus antiguas predilecciones, podríamos esperar que la indulgencia paterna animara nuestras naturalezas de mamífero y que la ausencia de afecto físico impulsara el comportamiento reptiliano. Algunas pruebas apuntan en este sentido. Harry y Margaret Harlow han descubierto en experiencias de laboratorio que los monos criados en jaulas y físicamente aislados -aunque pudiesen ver, oír y oler a sus compañeros simios- desarrollaban toda una gama de características taciturnas, retiradas, autodestructivas y, en definitiva, anormales. Se observa lo mismo en los hijos de personas que se han criado sin afecto físico -normalmente en instituciones- donde es evidente que sufren mucho.
El neuropsicólogo James W. Prescott ha llevado a cabo un análisis estadístico transcultural sorprendente de 400 sociedades preindustriales y ha descubierto que las culturas que derrochan afecto físico en sus hijos, tienden a no sentir inclinación por la violencia. Incluso las sociedades en las que no se acaricia mucho a los niños, desarrollan adultos no violentos, siempre que no repriman la actividad sexual de los adolescentes. Prescott cree que las culturas con predisposición a la violencia están compuestas por individuos a los que se ha privado de los placeres del cuerpo durante, por lo menos, una de las dos fases críticas de la vida, la infancia y la adolescencia. Allí donde se fomenta el cariño físico, son apenas visibles el robo, la religión organizada, las ostentaciones envidiosas de riqueza; donde se castiga físicamente a los niños tiende a haber esclavitud, homicidios frecuentes, torturas y mutilaciones de los enemigos, cultivo de la inferioridad de la mujer, y la creencia en uno o más seres sobrenaturales que intervienen en la vida diaria.
No comprendemos de modo suficiente la conducta humana, para estar seguros de los mecanismos en que se basan estas relaciones, aunque podemos suponerlos. Pero las correlaciones son significativas. Prescott escribe: "La probabilidad de que una sociedad se vuelva físicamente violenta si es físicamente cariñosa con sus hijos y tolera el comportamiento sexual premarital es del dos por ciento. La probabilidad de que esta relación sea causal es de 125.000 contra uno. No conozco otra variable del desarrollo que tenga un grado de validez predictiva". Los niños tiene hambre de afecto físico; los adolescentes sienten fuerte impulso hacia la actividad sexual. Si los jóvenes pudiesen decidir, quizás se desarrollarían sociedades en las que los adultos tolerarían poco la agresión, la territorialidad, el ritual y la jerarquía social (aunque en el curso de su crecimiento los niños podrían muy bien experimentar estos comportamientos reptilianos). Si Prescott está en lo cierto, en una era de armas nucleares y de contraceptivos eficientes, los abusos contra los niños y la represión sexual severa, son crímenes contra la Humanidad. Está claro que se necesita ahondar más en esta tesis provocativa. Mientras tanto cada uno de nosotros puede contribuir, de modo personal y no polémico al futuro del mundo, abrazando tiernamente a nuestros niños”.
Cosmos, Carl Sagan, pág. 332

NOTA DEL TRANSCRIPTOR: La única posibilidad de salvar la humanidad de su autodestrucción es no molestar a los pokemones. Si hubiese un sólo político que propusiese esta política “antidelincuencia”, trabajaría para él. Pero como son unos cobardes, sé que ninguno lo hará.

Carta enviada a The Clinic, a ver si se atreven a publicarla.

¡Viva Maipunk!

jueves, octubre 18, 2007

MEDITACIONES DE MI MAESTRO

"Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo".
"En tanto que haya alguien que crea en una idea, la idea vive."
"Enamorarse es sentirse encantado por algo, y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección."
"Es importante acentuar el papel que juegan sobre el amor la fisonomía y los gestos tales como un beso. Revelan el autentico ser de la persona que amamos."
"España fue una espada cuyo puño estaba en Castilla y la punta en todas partes."
"España es una cosa hecha por Castilla". [...] Castilla ha desecho a España"
"Evitemos suplantar con nuestro mundo el de los demás."
"Hay razones para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral."
"He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe."
"La belleza que atrae, rara vez coincide con la belleza que enamora."
"La ciencia consiste en sustituir el saber que parecía seguro por una teoría, o sea, por algo problemático."
"La colonización americana es lo único verdaderamente grande que ha hecho España".
"La desventura de España es la escasez de hombres dotados de talento."
"La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás".
"La máxima especialización equivale a la máxima incultura."
"La verdadera cuestión española [es que] el Estado carece de autoridad positiva para hacer frente a las fuerzas de la disgregación".
"La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada."
"La vida humana eterna sería insoportable."
"La vida es una serie de colisiones con el futuro, no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser."
"La vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha."
"La soberanía significa la voluntad última de una colectividad… la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico… Y si algunos en Cataluña, o hay muchos, que quieran desjuntarse de España, que quieran escindir la soberanía… es mucho más numeroso el bloque de los españoles resueltos a continuar reunidos con los catalanes en todas las salas sagradas de esencial decisión… por este camino iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional".
"La técnica es el esfuerzo para ahorrar esfuerzo."
"Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido, y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él."
"Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas."
"Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse."
"No hay amor sin instinto sexual. El amor usa de este instinto como de una fuerza brutal, como el bergantín usa el viento."
"No se puede hablar de decadencia española en sentido estricto, porque para decaer hay que caer desde algún sitio y España no ha llegado a cúspide alguna".
"No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter."
"Para el escritor hay una cuestión de honor intelectual en no escribir nada susceptible de prueba, sin poseer antes ésta."
"Porque no se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral".
"Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa."
"Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral."
"Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas."
"Sin amor, estaríamos como niños perdidos en la inmensidad del cosmos."
"Sólo es posible avanzar cuando se mira lejos. Solo cabe progresar cuando se piensa en grande."
"Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender."
"Todos los grupos de la Cámara, sobre todo los grandes partidos, y más aún el mayor de ellos, que es el Partido Socialista, deben exponer su opinión. Tienen el gran deber en esta hora de hablar a tiempo, con toda altitud y precisión” [...] “El Partido Socialista es un partido gubernamental, y, esté o no en el banco azul, un partido gubernamental es cogobernante, porque se halla siempre en potencia próxima de ponerse a gobernar."
La Humanidad necesita periódicamente sacudir el árbol del arte para que caigan todas las frutas podridas. En gracia del arte mismo es preciso ser muy exigente, su dignidad demanda que no le seamos favorable, sino que, al contrario, luche con nosotros y nos rinda al acatamiento. De otro modo, si seguimos acumulando admiración, cada siglo aumentará la mole de presunta belleza y al cabo de otros mil años no habrá en el planeta más que cementerios y museos.
Conviene arrancar el arte de las manos del buen burgués, donde ha caído prisionero, y hacerlo inconfortable; esto es, auténtico. En vez de adaptarlo a las almas inertes importa ensayar lo contrario: hostigar a las gentes para que sean capaces de él.
Un buen día, irremediablemente, se descubrirá el fraude y el buen burgués proclamará entonces la “bancarrota de la ciencia” y acaso el fracaso de la cultura. Denunciará toda la porción de seudociencia que al amparo de su culto ha nacido. No es esto mera hipótesis. La guerra última dio ocasión a tales declamaciones. El buen burgués estaba en la idea de que la misión de la ciencia, y, en general, de la cultura, era acabar con las guerras y hacerle a él la vida cómoda. Tal vez piense asimismo que la misión del arte es hacer feliz y virtuosas a sus hijas. Y como esto no es verdad, sino más bien lo contrario, llegará una jornada en que se revuelva contra el arte declarándole tabú.
"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo."
"Argentinos...¡a las cosas!".
José Ortega y Gasset

In lak’ech.

jueves, septiembre 06, 2007

¿Qué vas a profanar hoy?

La política que viene.

Profanaciones reúne diez exquisitos ensayos del filosofo italiano Giorgio Agamben, que en su sutil diversidad son variaciones de un mismo argumento: qué significa hoy hacer política.

Frente al nuevo orden mundial que impuso el reinado del capitalismo global, la pregunta acerca de qué significa hacer política en la actualidad viene siendo objeto de múltiples intentos de respuesta provenientes de los pensadores más disímiles. A ese coro de voces se suma Giorgio Agamben con Profanaciones, un libro que reúne diez exquisitos ensayos que se articulan en torno a este interrogante.
Si a lo largo de su prolífica obra el filosofo italiano se ha caracterizado por el abordaje de diferentes disciplinas (desde la lingüística hasta la teología, pasando por el derecho, la política y la estética), convirtiéndose en una de las figuras más peculiares de la filosofía contemporánea, con Profanaciones da otra muestra de la vastedad de tópicos que confluyen en su concepción filosófica.
El vínculo entre magia y felicidad, el deseo, el cuerpo convertido en un puro medio sin fin, aquellos seres que habitan otro lado inviolable a los que Kafka definía en sus novelas como “ayudantes”, la parodia y el mito del Genios latino, son algunos de los temas sobre los que reflexiona en los diferentes ensayos. Junto con ellos, sus impresiones sobre la comprensión del capitalismo como religión de la modernidad de Benjamín y la noción de autor de Foucault terminan de configurar un libro atípico en el que el ensayo titulado “Elogio de la profanación” actúa como un eje sobre el que gira el resto de los textos.
La relación entre el concepto de profanación –aquella operación que permitía restituir al libre uso de los hombres lo que había salido del derecho humano al ingresar en la esfera de lo sagrado– y las posibilidades de uso de los comportamientos y las cosas, es la clave que le permite a Agamben descifrar el sentido de la política del presente.
Retomando a Bejamin, el autor de Homo sacer plantea que el capitalismo lleva al extremo la separación que define a la religión, sólo que, indiferente a la distinción sacro-profano, lo hace dividiendo cada actividad humana de sí misma y desplazándola a una esfera separada: la del consumo. Desde esta óptica, el capitalismo en su actual etapa es concebido como una serie de dispositivos que actúan sobre todos los órdenes de la vida, produciendo improfanables, es decir, anulando los comportamientos emancipados de su relación con un fin, mientras sacrifican todo posible uso en el altar del consumo o la exhibición espectacular.
La profanación, al neutralizar aquello que profana abriéndolo a un nuevo posible uso, es leída por Agamben como la operación que posibilita escapar a los dispositivos del poder, liberando los espacios que éste había confiscado. Es por esta razón que encuentra en la profanación de lo improfanable, la tarea política de los tiempos por venir.



Agamben básico: Roma, 1942. Filósofo.
Referente obligado en el campo de la filosofía política desde la publicación de Homo sacer I (1995), donde analiza cómo la inclusión de la vida biológica en los mecanismos del Estado constituye la esencia de todas las formas de poder político en Occidente. Sus textos dan testimonio de múltiples intereses: lingüística, derecho, teología, y estética. En estos campos sabe combinar exquisita erudición con un análisis conceptual preciso y novedoso. Escribió títulos como Estado de excepción.

Pablo Comiso. Ñ 3-12-2005
 
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